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Buenas noches. Póngame una docena de churros y dos porras.
+++++- Hola ¿le pongo azúcar?
Levantaron los ojos a la vez y se reconocieron de nuevo, como todos lo años, como cada feria. Se sonrieron sin hablar.
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+++++- Tenga la vuelta. Hasta luego.
Hasta el próximo año, pensé, pero no dije nada, nunca le decía nada.
Hasta el próximo año, pensó, pero no dijo nada, nunca le decía nada.
Año tras año se repetía la misma escena, dos o tres veces, dos veces al año.
Habían pasado en pandilla con el dinero justo. Entonces, la churrera siempre se equivocaba poniendo algunos churros de más.
Más tarde pasaron de la mano y de nuevo había churros de más en el paquete.
Pronto hubo dos pequeñajas tirando de unas manos hacia el mostrador pidiendo azúcar. Mucho azúcar…
El pelo crece y las trenzas se convierten en melenas al viento… y vuelven a ser dos…ahora por cada lado.
Corren y compran por su cuenta… con mucho azúcar. Ellos, los de toda la vida, pasan, se acercan, piden, sonríen y en el paquete sigue habiendo churros de más.
+++++- Disculpe ¿No se ha equivocado?
+++++- No. No lo creo. Siempre he puesto los mismos.
Hoy he vuelto, como siempre, como cada año. La luz me deslumbraba, me aturdía y el corazón empezó a salpicarme. Me asusto cuando hace eso porque algo no va bien.
+++++- ¿Quiere un chocolate señora?
+++++- Perdona. Tú eres… ¿la hija? ¿Dónde está tu madre?
+++++- Se ha jubilado, no sin antes enseñarme a contar una docena.
No sé su nombre. Ella tampoco el mío. Sé que tiene dos hijos y que su marido es el que ahora hace los churros.
+++++- Si queréis dos porras esperad un poco. Las vamos a hacer en unos instantes o dos.
+++++- Entonces dame un chocolate… y espero.
Sin darnos cuenta había aparecido un tuteo espontáneo.
Hasta el próximo año, pensé, pero no dije nada.
Hasta el próximo año, pensó, pero no dijo nada.
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